EL autor
Este blog es para hurgar en la historia y ver cuánto ha cambiado la política en el Ecuador.
Carlos Rojas A.
Que regrese el 'Tato' Villaquirán
Fue en el Tribunal Supremo Electoral de la ‘partidocracia’, el 12 de septiembre del 2000. Seis de los siete vocales de ese organismo pidieron a la Fiscalía General del Estado una investigación urgente para descubrir a los autores, cómplices y encubridores del delito de falsificación de firmas que frustró el proyecto de consulta popular que la Conaie había impulsado para refundar el país, luego de que Gustavo Noboa se quedara en la Presidencia de República, reemplazando a Jamil Mahuad y al efímero triunvirato que lo tumbó del poder.
Imposible olvidar aquel episodio bochornoso. De las 738 782 firmas que presentó la entonces organización social más poderosa del Ecuador (y de la América andina), solo fueron validadas el 28%. Es decir, más de medio millón de firmas se desecharon por falsas y fraudulentas.
En esa mañana de septiembre hacía un sol radiante. El entonces presidente del TSE, Eduardo Villaquirán, que era la cuota socialcristiana, convocó a una rueda de prensa en los jardines del organismo. Detrás de la mesa directiva, funcionarios del TSE sacaban de unas cajas de cartón decenas y decenas de capetas con miles de fichas firmadas por personas que, supuestamente, querían una asamblea constituyente que echara abajo a todo el poder político para reinaugurar una nueva democracia.
La Conaie quedó seriamente afectada por el escándalo de las firmas falsas y su principal líder, Antonio Vargas Guatatoca, perdió el membrete de dirigente indígena convencido del cambio social que hasta entonces lo distinguía, para ser identificado, en adelante, como un político entregado al clientelismo y a la demagogia.
El TSE logró, no solo, identificar y detener esta estafa a la ciudadanía. También cumplió con su papel de principal garante de lo que podríamos llamar la democracia formal ecuatoriana.
La historia de las firmas falsas de la Conaie son el mejor ejemplo para demostrar el fiasco en el que ha terminado el Consejo Nacional Electoral de hoy, creado a imagen y semejanza de la Constituyente de Montecristi.
Los ingenuos ciudadanos ecuatorianos, cansados de la ‘partidocracia’, le dieron a Rafael Correa y a todo su proyecto político un cheque en blanco para que diseñara un peligroso modelo institucional que se sustenta en un solo color partidista, sin la posibilidad de que sobre él se ejerza un mínimo contrapeso institucional.
El CNE de ahora, integrado por cinco vocales designados por el inoperante Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, está a punto de mandar al cuerno la legitimidad política que demanda el próximo proceso electoral. Lo que acaba de suceder con las centenares de firmas fraudulentas registradas en varias organizaciones políticas, recientemente inscritas, son palabras mayores.
A partir de este momento, cualquier iniciativa que impulse el CNE va a generar sospechas de ineficiencia y poca transparencia. Además, por sus omisiones, la fiesta democrática que debía significar el nacimiento del nuevo sistema de partidos en el Ecuador terminó en un funeral que marcará la tragedia democrática de este país asechado por caudillos e instituciones que no funcionan.
Aparentemente, este reciente caso se originó por un grupo de organizaciones políticas que, de manera inescrupulosa, presentaron firmas adulteradas. Pero la principal obligación del CNE era advertir esos errores y castigar a tiempo a los estafadores de la democracia. Montar un operativo de auditoría intensivo, a menos de tres meses de que se llame a elecciones generales, es solo un saludo a la bandera. La inoperancia de sus vocales (todos cercanos a Alianza País) quedó demostrada.
¿Por qué el CNE de hoy, diseñado según los más caros anhelos democráticos de los forajidos y los izquierdistas de Montecristi, no pudo lograr lo que sí hizo Eduardo Villaquirán, en el TSE de corte socialcristiano? La respuesta es simple. En el TSE de la ‘partidocracia’ había contrapesos y cierto control político. Mientras el CNE de hoy tiene cinco vocales verdes, el de la ‘partidocracia’ tenía a siete personajes representando a las distintas fuerzas políticas con mayor peso electoral. Mientras el CNE de hoy actúa con un evidente espíritu de cuerpo, obedeciendo las órdenes del presidente Rafael Correa, el TSE de antaño caminaba según el compás que marcaban las mayorías en el Congreso: unas veces apoyando al PSC y otras al PRE o la ID.
Cuando Villaquirán presidía el TSE, llamó al Registro Civil y al Instituto de Criminalística para que confirmaran las primeras sospechas del fraude de la Conaie. La denuncia tuvo el respaldo de seis de sus siete vocales. Únicamente la cuota de Pachakutik, José María Cabascango, votó en contra. Los demás: Villaquirán (PSC), Carlos Aguinaga (DP), Carlos Pardo (PRE), Jorge Valdospinos (ID), Armando Cazar (FRA) y Juan Aguirre (Conservador) lo hicieron a favor.
Ya es el momento de empezar a ver cuán eficiente y decente ha resultado el modelo institucional que nos rige desde septiembre del 2008, a propósito de la Constitución de Montecristi. Y es una lástima que en este ejercicio de comparación, la tan denostada ‘partidocracia’ exhiba mejores credenciales de transparencia, seriedad y eficiencia. ¿Habrá que pedir, entonces, el regreso del ‘Tato’ Villaquirán?
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